"Yo antes quería ser los otros para conocer
lo que no era yo.
Entonces entendí que yo ya había sido
los otros y que eso era fácil.
Mi experiencia más grande
sería ser el otro de los otros:
el otro de los otros soy yo."
Clarice Lispector
Opté por volver a mis extraños aislamientos, aceptando que éste no es un día para hacerme pasar por ser humano. Hoy soy reptil y necesito enterrarme, evadirlo todo y dormir.
Cualquier persona, en uso de todas sus facultades, evitaría contar esto que yo quiero narrar en tiempo presente. Tejería hilos de verbos pasados, consolándose en recordar y no en narrar. Los recuerdos suelen ser más dolorosos que el hecho que les dio vida, pues uno los manipula. Al instante nadie puede tocarlo. El instante es lo que es y hacia Él hay que inclinarse.
El presente me abraza de nuevo, vuelvo a estar ahí, no quiero ser un viejo frente a una fogata que recuerda y narra a niños boquiabiertos esplendores que ya no brillan, y se hace agua que moja el suelo minutos antes de que sus ojos se transformen en gotas de petróleo y comiencen a morir.
Yo sólo quiero ser el valiente que se narra a sí mismo, Quiero ser el que no recuerda, pero sí relata. Escribir no es más que encontrarse con lo que uno tiene y desconoce. Yo me conozco, yo supe muy bien lo que estaba pasando, tuve las agallas de vivirlo, lo viví para contarlo. Lo viví para no inventarme nada, para no ser una copia de algo ya contado. Lo viví para seguir siendo diferente. Lo viví para que el día de mañana me leas, lector, porque encontrás en mí algo que no se consigue en las farmacias, y eso te haga volver. Viví lo que viví, viviéndolo ni más ni menos que para comprender.
Lo único que realmente me importa en esta vida es saber. El saber me es reconfortante, pero no significa que no deba pagar por eso un justo precio. Un precio por el conocimiento.
Tengo muchas ganas de escribirlo en presente, porque como dije antes detesto los recuerdos. Pero también tengo ganas de revivirlo, con la templanza que sólo se logra sabiendo que alguna vez uno le vio los colmillos a dios y todavía sigue cuerdo.
He matado a mi personaje, se han roto las máscaras de aquello que sólo fue puro teatro. Mi inteligencia se fue de paseo y eso me entristece, ya no puedo ni entretenerme, ni distraerme con el conocimiento. Por lo tanto, voy a tener que confesarme:
Cuando uno trata -desesperadamente- de encontrar una manera de vivir y vuelve a la Vida una ciencia, se condena al fracaso. Me repiten historias, me repito momentos, me repito actitudes y así nace mi repudio. Buscando el prototipo de persona, no vi los hechos. Éstos últimos son la clave del buen funcionamiento; la copia de la copia de la copia de aquello que alguna vez tuviste y te hizo feliz, no garantiza una reiteración de esa felicidad.
La persona no es un conjunto de hechos, son sus hechos lo que lo hace persona; recién ahora lo veo claramente. Y para tener este saber en mí he dejado de creer en las personas.
Solo va aquel al que solo han dejado,ausente de vida y con presencia de ausencia. Ayúdenme a que ayude a la ayuda que se solidariza conmigo y quizás ya no tenga ojos de muerte. ¡Quemen mis manos, si han de tocar lo incorrecto!, hagan una fila delante de mí, mientras yo me escondo.
Hagan silencio y tengan paciencia,la muerte es puro protocolo.
sábado, 12 de octubre de 2013
viernes, 11 de octubre de 2013
Día diez: Los días del abandono
"Escribir es un modo de localizar mi hambre,
y el hambre no es sino un vacío."
Siri Hustvedt - Todo cuanto amé -
Tengo una cama que nunca se desarma
al no ser visitada por la valentía,
es el dolor de la pulcritud que encuentra
sus sedimentos en la cobardía.
Me han condenado
a una existencia de despojos
veo el robo de mis posesiones enajenado
¿oyes cómo, con sangre, se rompen mis ojos?
Yo ya no vivo, yo me erosiono
y cuando de mí quede el último rastro de polvo,
vendrás victorioso
a escupir mis sobras.
Dibujé tu imagen
en el espejo de las sombras,
rompí el vidrio
deshaciéndome del equipaje.
Cada pedazo de recuerdo,
me lo clavo en la carne
quiero ser vivo un almanaque
para, con sangre, ser el que marque
ausencia de días en mi cuerpo.
No concibo otra existencia
que la de apenas vivir, astillado;
se acabaron las experiencias
el mundo se ha apagado.
Fue en ese instante,
en el que tu voz perseguí
que, tras haberme encontrado con hielo,
automáticamente dejé de vivir.
y el hambre no es sino un vacío."
Siri Hustvedt - Todo cuanto amé -
Tengo una cama que nunca se desarma
al no ser visitada por la valentía,
es el dolor de la pulcritud que encuentra
sus sedimentos en la cobardía.
Me han condenado
a una existencia de despojos
veo el robo de mis posesiones enajenado
¿oyes cómo, con sangre, se rompen mis ojos?
Yo ya no vivo, yo me erosiono
y cuando de mí quede el último rastro de polvo,
vendrás victorioso
a escupir mis sobras.
Dibujé tu imagen
en el espejo de las sombras,
rompí el vidrio
deshaciéndome del equipaje.
Cada pedazo de recuerdo,
me lo clavo en la carne
quiero ser vivo un almanaque
para, con sangre, ser el que marque
ausencia de días en mi cuerpo.
No concibo otra existencia
que la de apenas vivir, astillado;
se acabaron las experiencias
el mundo se ha apagado.
Fue en ese instante,
en el que tu voz perseguí
que, tras haberme encontrado con hielo,
automáticamente dejé de vivir.
sábado, 5 de octubre de 2013
Día Nueve: Cuarta Carta
Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten."
Sor Juana Inés de la Cruz
Amado:
Pedí la piedad. Es que me encuentro clavado en la cruz de su ausencia. Invertido. Una misa negra de madrugada empetrolada, un altar repleto de cuervos que graznan lamentando su semblante desaparecido.
Es que usted se fue, obligado por las circustancias, justo cuando la música del amor se estaba convirtiendo en un totalitarismo. Cada parte de mi piel que fue besada por usted arde en esta noche. Desde lejos pueden ver en mi cuerpo todas estas pequeñas fogatas. Resplandezco, con fuegos fatuos. Soy el faro que guía los lamentos de la madrugada hacía mí. Soy el objeto gritante rodeado de mariposas ocres que me envuelven con sus alaridos. Soy lo que usted de mí ha hecho, un lobo al que le quitaron su luna.
Usted es mi materia y mi forma. Y no hay sistema de pensamiento que pueda ignorarlo.
¿Sabe? Camino por las calles viendo los besos que otros se dan. Recuerdo los nuestros. Y trato, también, de observar qué es lo que tienen ellos. Y de qué nosotros carecemos. Fuimos arrastrados por una fuerza magnética que logró que nuestros cuerpos chocaran produciendo grietas en el universo. Y lo hizo pese a todo aquello que realizamos para evitar la colisión. Por lo tanto, arañando mi mente, le pregunto en silencio ¿Cuál es nuestro destino? No me obligue a la ignorancia. Usted sabe perfectamente de qué y para qué estamos hechos. Usted sabe a ciencia cierta lo que el futuro nos grita. Por favor, no me suelte nunca. No me pierda, no me deje caer.
Mis pupilas diáfanas lo buscan en la oscuridad de esta soledad. Lo rastreo como un cíclope, lo invoco como una sirena. Sea capaz de volver a mí. No me abandone. Si usted no vuelve se me rompe el mundo y no tengo capacidad para armarme otro. Lo esperé toda la vida. Cuando más sufrí, más profundo caí, cuando me entregué a una existencia gris, usted apareció. No llego a mí en completa disponibilidad. Y ahí lo tiene, y ahí nos tiene: dos animales mordiendo todos los obstáculos que nos aíslan. A veces con poca fuerza, pero con contundencia; a veces con furia feroz. Pero en su aliento siento que me considera su destino. ¿Cuánto tarda el ser humano en hacerse cargo de su propia valentía?
Quédese conmigo, véanos como somos, la fe razonada de un corazón inteligente; su cuerpo me ha elegido, su corazón me llama, su pensamiento es mío y duermo en su alma. Tráigame un hecho contundente que nos una por siempre. Tenga valor, vea mi mano en su frente, mire mis ojos que le dicen que no han de abandonarlo. Crea en nuestro futuro. Porque es éste el presente donde el tablero se patea, porque este el presente donde nos damos cuenta que somos el amor. Y la vida sin amor no tiene sentido.
(Continuará...)
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten."
Sor Juana Inés de la Cruz
Amado:
Pedí la piedad. Es que me encuentro clavado en la cruz de su ausencia. Invertido. Una misa negra de madrugada empetrolada, un altar repleto de cuervos que graznan lamentando su semblante desaparecido.
Es que usted se fue, obligado por las circustancias, justo cuando la música del amor se estaba convirtiendo en un totalitarismo. Cada parte de mi piel que fue besada por usted arde en esta noche. Desde lejos pueden ver en mi cuerpo todas estas pequeñas fogatas. Resplandezco, con fuegos fatuos. Soy el faro que guía los lamentos de la madrugada hacía mí. Soy el objeto gritante rodeado de mariposas ocres que me envuelven con sus alaridos. Soy lo que usted de mí ha hecho, un lobo al que le quitaron su luna.
Usted es mi materia y mi forma. Y no hay sistema de pensamiento que pueda ignorarlo.
¿Sabe? Camino por las calles viendo los besos que otros se dan. Recuerdo los nuestros. Y trato, también, de observar qué es lo que tienen ellos. Y de qué nosotros carecemos. Fuimos arrastrados por una fuerza magnética que logró que nuestros cuerpos chocaran produciendo grietas en el universo. Y lo hizo pese a todo aquello que realizamos para evitar la colisión. Por lo tanto, arañando mi mente, le pregunto en silencio ¿Cuál es nuestro destino? No me obligue a la ignorancia. Usted sabe perfectamente de qué y para qué estamos hechos. Usted sabe a ciencia cierta lo que el futuro nos grita. Por favor, no me suelte nunca. No me pierda, no me deje caer.
Mis pupilas diáfanas lo buscan en la oscuridad de esta soledad. Lo rastreo como un cíclope, lo invoco como una sirena. Sea capaz de volver a mí. No me abandone. Si usted no vuelve se me rompe el mundo y no tengo capacidad para armarme otro. Lo esperé toda la vida. Cuando más sufrí, más profundo caí, cuando me entregué a una existencia gris, usted apareció. No llego a mí en completa disponibilidad. Y ahí lo tiene, y ahí nos tiene: dos animales mordiendo todos los obstáculos que nos aíslan. A veces con poca fuerza, pero con contundencia; a veces con furia feroz. Pero en su aliento siento que me considera su destino. ¿Cuánto tarda el ser humano en hacerse cargo de su propia valentía?
Quédese conmigo, véanos como somos, la fe razonada de un corazón inteligente; su cuerpo me ha elegido, su corazón me llama, su pensamiento es mío y duermo en su alma. Tráigame un hecho contundente que nos una por siempre. Tenga valor, vea mi mano en su frente, mire mis ojos que le dicen que no han de abandonarlo. Crea en nuestro futuro. Porque es éste el presente donde el tablero se patea, porque este el presente donde nos damos cuenta que somos el amor. Y la vida sin amor no tiene sentido.
(Continuará...)
jueves, 3 de octubre de 2013
Día ocho: Tercera Carta
"Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones"
Alejandra Pizarnik
Amado:
Estoy moldeado completamente por tus gemidos. Yo era algo que ya no soy. Caí en tus manos, imperfecto, y me deshice: me lloví entre tus dedos mojándote; me hiciste de nuevo. Tu saliva me inculcó el nuevo orden y entre besos, renacido, este golem que soy te es.
¿Y en qué parte de toda esta locura fue cuando comenzaste a hablar mis pensamientos? ¿Cuál fue el momento exacto en que llegamos a cerciorarnos que había una manta tejida por nuestros vocablos?
Te tomé la mano junto al sol de octubre ¿has podido sentir mi desesperación? Me solté liviano luego de ver cómo te confundías con el asfalto y este claustro mío me reclamó, soberano.
Y ya no hay batallas contra la coherencia, ni aduana contra las confesiones. Ya no existe la palabra aprisionada. Mucho menos el pensamiento cercenado. Sólo nos han quedado los ojos que se cubren con humedad de ahogo.
Cada partícula de la realidad tiene tu nombre. Y lo repito hasta el cansancio. ¿Has notado, en nuestro último abrazo, el asombro del mundo? Lo hemos conmovido. ¿Te acordás de mis manos, de mis dedos clavándose con dulzura en tus omóplatos? Te abrazo con poderosa pureza. Me encierro en tus brazos que es la única manera que encuentro para abrirme.
No tengo piel, solo embrujo. Ella se ensancha, se estira al verte. Jamás se repliega. Se extiende poderosa al notar tu presencia; me salen manos. Te tocan todas.
Antes de despedirnos me arrodillé en tu boca y supliqué en silencio. He aquí lo que he pedido:
(Continuará)
un amado espacio de revelaciones"
Alejandra Pizarnik
Amado:
Estoy moldeado completamente por tus gemidos. Yo era algo que ya no soy. Caí en tus manos, imperfecto, y me deshice: me lloví entre tus dedos mojándote; me hiciste de nuevo. Tu saliva me inculcó el nuevo orden y entre besos, renacido, este golem que soy te es.
¿Y en qué parte de toda esta locura fue cuando comenzaste a hablar mis pensamientos? ¿Cuál fue el momento exacto en que llegamos a cerciorarnos que había una manta tejida por nuestros vocablos?
Te tomé la mano junto al sol de octubre ¿has podido sentir mi desesperación? Me solté liviano luego de ver cómo te confundías con el asfalto y este claustro mío me reclamó, soberano.
Y ya no hay batallas contra la coherencia, ni aduana contra las confesiones. Ya no existe la palabra aprisionada. Mucho menos el pensamiento cercenado. Sólo nos han quedado los ojos que se cubren con humedad de ahogo.
Cada partícula de la realidad tiene tu nombre. Y lo repito hasta el cansancio. ¿Has notado, en nuestro último abrazo, el asombro del mundo? Lo hemos conmovido. ¿Te acordás de mis manos, de mis dedos clavándose con dulzura en tus omóplatos? Te abrazo con poderosa pureza. Me encierro en tus brazos que es la única manera que encuentro para abrirme.
No tengo piel, solo embrujo. Ella se ensancha, se estira al verte. Jamás se repliega. Se extiende poderosa al notar tu presencia; me salen manos. Te tocan todas.
Antes de despedirnos me arrodillé en tu boca y supliqué en silencio. He aquí lo que he pedido:
(Continuará)
domingo, 29 de septiembre de 2013
Día siete: Segunda Carta
"Amado dueño mío,
Escucha un rato mis cansadas quejas,
Pues del viento las fío,
Que breve las conduzca a tus orejas,
Si no se desvanece el triste acento
Como mis esperanzas en el viento."
Sor Juana Inés de la Cruz
Amado:
Bienvenido al viaje hacia el corazón de mí mismo.
Esta noche estoy muy enojado, diabólicamente enajenado. Siento que puedo rebotar por toda la habitación, golpearme con todas las paredes, estrellar mi boca contra los ventanales y que los vidrios me atraviesen las encías.
Son muchas horas las que dedico diariamente a construir una disciplina. Tengo que inventar un temperamento que no poseo. Debo poseer más filamentos de los que creía. Por eso, desnudarme en prosa ante usted me lleve más tiempo del que yo quisiera. Quiero quedar expuesto como una llaga que grita como un objeto salvaje.
El tiempo me sepulta y me hace sentir insignificante. Lo dolorosamente paradójico es que pensar en el tiempo hace que uno lo pierda. Pensarlo y tenerlo, hacerlo existente, para perderlo y agotarlo, después.
Quiero, también, quitarme de encima toda esta suciedad que me huele a fracaso.
La libertad de una memoria viva arrodillada en la lengua mía que todo lo narra, en los dedos míos que escriben la parcialidad de una vida, la porción de un recuerdo. Los recuerdos jamás logran alumbrarse del todo. El recuerdo no es un conjunto entero. No es eso lo que quiero.
La ficción no es una mentira. Aunque sí es cierto que los hechos verídicos sufren una constante metamorfosis. Las partículas de realidad comprobada parecen, además de transformarse, respirar. Tienen movimiento, reciben alegre y educadamente a esos detalles que las maquillan volviéndolas otras y se inclinan doblegadas ante lo poético. Pues contar no sirve de nada sino va acompañado de una exquisita manera de contar. Creo que estos detalles de estilo necesarios no hacen mella en la veracidad del relato. Aunque mantengo esa convicción no es eso lo que quiero.
Disciplina, Pulso, Descripción, Contemplación, Obsesión por el detalle, Subjetividad basada en percepciones objetivas. Desde ustedes salgo, hacía lo que viene, voy. Aunque ese es mi presente, y me condiciona, no es eso lo que quiero.
El ser humano sólo se paraliza ante dos cosas.
Seamos más exactos.
Hay sólo dos fenómenos en los cuales el ser humano se mantiene inmóvil, para entregarse, luego, a una fuerza que lo consume y lo arrastra sin que él tenga control sobre nada.
Esos dos fenómenos son: el sexo con amor (pasión) y el miedo.
Ambos paralizan a su manera.
Que haya escrito tanto, justifica el fiel mural al que le dí colores con mi pintura dual. Atravesado , estoy por estas dos magnitudes. Es que yo soy como el sexo, despojo y encuentro. Me pierdo para encontrarme, y cuando ya fui hallado, heme aquí, devorado y perdido. Me hago cargo de todo esto sin embargo, no es eso lo que quiero.
Soy la trampa verdadera de la mentira más absoluta, porque me parezco tanto a lo que soy, que realizado entre música y recuerdos, me entrego a la noche. Lo admito pero no es eso lo que quiero.
Escucha un rato mis cansadas quejas,
Pues del viento las fío,
Que breve las conduzca a tus orejas,
Si no se desvanece el triste acento
Como mis esperanzas en el viento."
Sor Juana Inés de la Cruz
Amado:
Bienvenido al viaje hacia el corazón de mí mismo.
Esta noche estoy muy enojado, diabólicamente enajenado. Siento que puedo rebotar por toda la habitación, golpearme con todas las paredes, estrellar mi boca contra los ventanales y que los vidrios me atraviesen las encías.
Son muchas horas las que dedico diariamente a construir una disciplina. Tengo que inventar un temperamento que no poseo. Debo poseer más filamentos de los que creía. Por eso, desnudarme en prosa ante usted me lleve más tiempo del que yo quisiera. Quiero quedar expuesto como una llaga que grita como un objeto salvaje.
El tiempo me sepulta y me hace sentir insignificante. Lo dolorosamente paradójico es que pensar en el tiempo hace que uno lo pierda. Pensarlo y tenerlo, hacerlo existente, para perderlo y agotarlo, después.
Quiero, también, quitarme de encima toda esta suciedad que me huele a fracaso.
La libertad de una memoria viva arrodillada en la lengua mía que todo lo narra, en los dedos míos que escriben la parcialidad de una vida, la porción de un recuerdo. Los recuerdos jamás logran alumbrarse del todo. El recuerdo no es un conjunto entero. No es eso lo que quiero.
La ficción no es una mentira. Aunque sí es cierto que los hechos verídicos sufren una constante metamorfosis. Las partículas de realidad comprobada parecen, además de transformarse, respirar. Tienen movimiento, reciben alegre y educadamente a esos detalles que las maquillan volviéndolas otras y se inclinan doblegadas ante lo poético. Pues contar no sirve de nada sino va acompañado de una exquisita manera de contar. Creo que estos detalles de estilo necesarios no hacen mella en la veracidad del relato. Aunque mantengo esa convicción no es eso lo que quiero.
Disciplina, Pulso, Descripción, Contemplación, Obsesión por el detalle, Subjetividad basada en percepciones objetivas. Desde ustedes salgo, hacía lo que viene, voy. Aunque ese es mi presente, y me condiciona, no es eso lo que quiero.
El ser humano sólo se paraliza ante dos cosas.
Seamos más exactos.
Hay sólo dos fenómenos en los cuales el ser humano se mantiene inmóvil, para entregarse, luego, a una fuerza que lo consume y lo arrastra sin que él tenga control sobre nada.
Esos dos fenómenos son: el sexo con amor (pasión) y el miedo.
Ambos paralizan a su manera.
Que haya escrito tanto, justifica el fiel mural al que le dí colores con mi pintura dual. Atravesado , estoy por estas dos magnitudes. Es que yo soy como el sexo, despojo y encuentro. Me pierdo para encontrarme, y cuando ya fui hallado, heme aquí, devorado y perdido. Me hago cargo de todo esto sin embargo, no es eso lo que quiero.
Soy la trampa verdadera de la mentira más absoluta, porque me parezco tanto a lo que soy, que realizado entre música y recuerdos, me entrego a la noche. Lo admito pero no es eso lo que quiero.
Me gusta sentarme en la garganta del mundo. Abstraído, alejado de todo como un consorte que ha traicionado: confinado, castigado. Hay una vitalidad misteriosa que hace que todo exista, me toma y me deja, innumerables veces.
Mundo, en esta vida y en todas mis vidas, : Tu lengua me penetra en cada una de ellas. Es una descripción posible aunque no es eso lo que quiero.
Probé tus habilidades y demostré mis satisfactorios desempeños. Te besé, te amé, te comí.
Fuimos animales , y a la vez, más personas que nunca. Esto me encadena pero lo suelto apenas por un momento. Esta noche no es eso lo que quiero.
Y en esta acción de narrar, más que Yo-piel : Yo-prosa. Me cubro de Lenguaje porque, con anterioridad, fue él quién me ha dirigido; irguiéndose apelativo me ha persuadido para después tomarme. Yo, su posesión, consumiéndome. Fue la Lengua, que me hizo Lengua, la que me disfrazó y me volvió escrito: yo soy la voz escrita, este papel, mi espejo. Defensa. No es eso lo que quiero.
La vida es un apenas. Vivir es asomarse. Nuestros días confeccionan un balcón mediante el cual observamos el Todo. Pero nunca vamos a verlo en su totalidad, la vida es demasiado breve y nuestra estupidez es , por momentos, excesiva. Nuestra prioridad es el balcón. Siempre lo será. El paisaje, el Todo, el exterior (que en realidad es interior, es centro, es núcleo) jamás nos llamará la atención. Como seres humanos nos gusta la cercanía, el control y el entendimiento. Por lo tanto, la vida no es otra cosa que pereza y comodidad.
Pecaré de soberbio al afirmar que me he tirado del balcón y camino, descendente, por el aire para acercarme al Todo. Yo estoy viendo con los ojos reales. No viajo solo: llevo todo mi presente conmigo. Es de esto de lo quiero hablar. Porque en esta noche decir "todo" es decir su nombre. Porque esta noche decir "presente" es invocarlo a usted, es reconocer que lo encuentro en todo, afirmar que me pierdo en usted por que me encuentro en usted, porque amarlo es ver la sonrisa de dios en sus pupilas.
(Continuará...)
Día Seis: Las películas imposibles - El amor cinéfilo -
Supe desde siempre que tenía un grave problema con las películas. Incluso a edad temprana donde nuestra conciencia crítica no tiene estructuras y nuestro pensamiento especulador podría representarse como un mísero poroto.
Tenía cinco años cuando el Sanyo modelo '88 escupía los títulos iniciales de El Exorcista en una madrugada de invierno mientras todos dormían. Con un pijama repleto de dibujos de los osos cariñosos y un bol colmado de maníes confitados en mi regazo, la punzante música del comienzo del film dilataban mis pupilas hasta convertirlas en un par de platos ahuecados por el tiempo y por el espacio. ¿Han pensado alguna vez el proceso físico y biológico que experimentan nuestras pupilas al confrontarlas con una película? ¿No creen que se asemeja muchísimo a dos hoyos negros , esos hoyos que aseguran que interrumpen ,de vez en cuando, la quietud del universo? El cine es una de las pocas ramas del arte que logra acaparar todas nuestras zonas disponibles para la conmoción. Y yo siendo infante ya lo percibía. Quería el instante bendecido, quería pertenecer, quería descifrar el mensaje que cada plano tenía para mí...¡Los planos en el cine! Son el guión mudo y codificado insertado dentro de un argumento verbal, es el juego de la escondida de cualquier director. Y yo a esa edad ya lo sabía. Yo a esa edad sabía muchas cosas. Y cuando más sabe uno más ignorante es, porque el saber nos hace manejar un nuevo espectro de posibilidades y sentimos cuan grande es el imperio del intelecto.
Yo ignoraba a Tornatore, yo quería ser Toto, yo quería mi propio ritual cinematográfico, mi propia ceremonia clandestina, manejar mis propios embrujos, era un niño con pulsiones, tener curiosidad es sentir hambre, mucho hambre.
La película guionada por Blatty (basada en su propia novela, una de las obras más espeluznantes de la historia) transcurría a ritmo trepidante ante mis ojos. Podía vislumbrar que más allá del maquillaje y de los efectos de sonido, la película le daba el necesario giro visual a un tema harto discutido desde el comienzo de nuestra era: la fe.
Y cuando el señor de las moscas le susurraba ásperamente desde las entrañas de Lindita al padre Karras, imitando la voz insoportablemente inmigrante de su mamá muerta, empecé a sentir transformaciones a mi alrededor. Soporté toda la película mordiendo mis labios, rayando mis manitos con las uñas, rompiendo con los apretujones de mis puños la tela de mi pijama. Sucedía aquello y mis golosinas desaparecían.
Dejé de ver cine. Aprendí a tejer, a cambiar instalaciones eléctricas y unos años más tarde, recitaba Shakespeare para las navidades. Terminé la secundaria con promedio de 9,75, poseía un nivel intermedio de yoga, hablaba tres idiomas y podía crear esculturas con ambos lóbulos de mi cerebro. Podía hacer cualquier cosa, menos mirar películas.
El cine como institución física estaba prohibido. No acudía a ellos, me persignaba con fervor al pasar por un local de video de alquiler. Llegué a transportar tanta paranoia sobre mi espalda, que salía a la calle con cinco tubos de ensayo en cada bolsillo repletos de kerosene y quemaba cada afiche gráfico de películas estreno que aparecía ante mí.
Ayer me dije que eso debía terminar y resoplando como un búfalo me enfrenté a la entrada del famoso cine de la zona de Congreso, el que tiene título en francés pero es más argentino decir que es una goma gigante. Agosto brindaba un especial de cine francés posmoderno, donde se repetían aquellos filmes que dieron nuevos espasmos a la cuna del cine.
Apagón de luces y yo sin confites, el vals de Amèlie y yo sin pijamas, la niña con su cámara de fotos y yo sin inocencia. Me enfrentaba de nuevo a la cara de mi maldición y tenía más miedo que la primera vez. Me imaginé tirado en un charco de sangre cuando los demás espectadores descubrieran lo que sucedía y me destruyeran a patadas. Me visualicé en la tapa de los diarios como la nueva atracción de los medios, veía mi final en un cubo alcochado con la zona sublingual más manoseada que mi propio esfínter. Respiré hondo y experimenté lo que era visitar un cine por primera vez, a los veinticinco años.
Durante la primera parte de la proyección no sucedió nada extraño y todos los presentes teníamos la fiesta en paz.
Un olor penetrante y desconocido llegaba ante mí. Los aromas me pueden, logran tenerme bailando en un hilo de Ariadna invisible durante incontables minutos. El perfume se parecía a un suavizante de ropa con tenues e intensos toques de colonia importada. Las únicas palabras que me golpeaban la frente para definir todo eso, era la de limpio blanco de pureza higiénica. Seguramente así olería el cielo.
Había un pedazo de cielo sentado en la butaca contigua, nos miramos de reojo mutuamente; en unísono, y dejamos de vivir. Mi vida pasó a sus manos y Él ,en silencio, me otorgó la suya telepáticamente. Juntos en la salud y en la enfermedad hasta que la locura nos separe. Teniendo en cuenta mi problema eso podía ser en escasos segundos. Y habría muerte sin Venecia y otra vez un Gustav von Aschenbach sin su Tadzio.
Corté el romanticismo de florcitas inventadas y violines que sólo yo escuchaba y volví a concentrarme en Audrey Tautou. La muchacha servía café en el bar donde cumplía su jornada. Lanzaba miradas a su alrededor e intentaba ,bajo hermosos sortilegios de una amable retórica de solidaridad, hacerles la vida mejor a aquellos que la rodeaban.
Mandó a un hombre y a una mujer al baño, a gemir como burros, a juntar una vagina humeante de inferioridad y pesimismo con el falo de un compulsivo y manipulador, el especímen de un hombre que de hombre no tenía nada y de inseguro lo tenía todo.
Y en la pantalla gigante del cine se desprendía la escena de las copas del aparador de ese bar vibrando, las pupilas de Amèlie se apoyaban en los pómulos de su cara que su sonrisa desplegada hacían subir como si fueran ascensores. Y un ruido parecido a un choque de estrellas se manifestó a mi lado.
Y la gente empezó a gritar, a correr, a tropezarse, se prendieron las luces y un reflector se posó en los hombros de aquel que olía bien a mi costado.
Les confieso que a mí me cuesta mucho entender las cosas, mi capacidad de asociación es comparable con la capacidad de ganar un maratón de una tortuga. No sé mentir en el truco, y nunca pasé del primer nivel del Tetris. Por lo tanto, tampoco veía la transformación de mis alrededores. Cuando al fin entendí la indiscutida vinculación entre el hombre que se sentaba junto a mí y el caos que se había desarrollado, no pude más que sonreír. Lo saqué de donde estaba sepultado y lo invité a su casa.
Ahora estoy aquí, sentado en un sillón que no es mío, con un plasma que no es mío, con una videoteca que no es mía, con un piso que me sostiene que no es mío, con un silencio que no me pertenece, con unos ojos azules que me miran desde la cocina que son mi nueva adquisición como terrateniente del amor.
El amor se mueve bajo misteriosos designios ¿O era El Señor?, hay deseo y no es un tranvía, hay una unidad instantánea ¡y si me importa un comino! . Y no salgo corriendo por ninguna escalera y nadie se va a llorar a Tara diciendo que al fin y al cabo mañana será otro día.
Le ordené al Ángel que sacara todos sus muebles del living, que me encierre en un circulo de botellas de vino pero, sobre todo, que no salga bajo ningún punto de vista de la cocina, pase lo que pase, pase lo que me pase y pase lo que le pase.
Pongo Play y El Deseo S.A presenta un film de Almodóvar. Y a la mañana muy tempranico unas mujeres limpian tumbas en un cementerio. Y se suceden en la mayor tranquilidad los primeros veinte minutos de película. Y La Sole encuentra la bicicleta estática de su tía Paula que está mas ciega que el monje Jorge de Burgos que aunque la rosa siga sin tener nombre, la Poética, también, sigue sin su apartado sobre la risa.
El Ángel propietario sigue teniendo problemas, lo oigo luchar en la cocina. Seguirá excitado con la escena del coito del baño, quizás esté recordando o quizás de nuevo le sobrevino el desastre por que puedo llegar a ser yo el tejido de la manta de sus hormonas.
En la película las vecinas conversan con La Agustina, su madre hippie sigue desaparecida, la primera hippie del pueblo, la que confeccionaba pulseras de plástico. Su hija la honra y argumenta : " - Cada vez que me fumo un porro me acuerdo de ella".
La risa que se me escapa de los labios desencadena los hechos.
Al principio es un golpe tenue y hago como que no lo escuché. Segundos después, el ruido se repite más insistentemente. Y no puedo hacerme el desentendido, me pongo erguido y amenazante para abrir la puerta mientras en la cocina cada vez hay más ruido a despelote y ,ahogándose, el dueño de la casa trata de decir "Ya voy". Le digo que se calme de una buena vez, que yo abro.
Y eso hago.
Un chico de traje, con una botella de vino bajo el brazo, me brinda su semblante petrificado. Su atuendo es negro por completo y lo acompaña un pañuelo rojo en el bolsillo que cubre su corazón y una corbata a tono perfecto.
Le digo que pase y que se siente, lo digo sin miedo y eso parece descolocarlo.
Sigo mirando la película mientras mi nuevo acompañante se sienta junto a mí y se sirve una copa.
Se reanuda la historia que humedece la pantalla y media hora después la niña enfrenta el mal. Un orgasmo estético se apodera de la película, la chica brinda testimonio con su rostro tensado por las garras de la desesperación, llora y confiesa ante una cámara que congela y una música robada, a modo de homenaje, de alguna película de Alfred.
Mi alma no se contiene y estallo de admiración ante tremendo logro y otros dos hombres en traje rompen el vidrio de la ventana del living para levantarse en el acto y decir a dúo - “Hola, que tal.”
Sacuden sus ropas hasta que quedan como nuevas y se sientan con más botellas de vino que me ofrecen para mirar la película con nosotros.
Cuarenta minutos después Raimunda se asombra al descubrir que su hija nunca la escuchó cantar, su madre ( media muerta , media viva) la observa escondida en un auto en las afueras del restaurante donde sucede la escena.
El dueño del departamento grita desde la cocina para que le deje venir a ver esta escena, su escena favorita, con nosotros.
Tuve miedo, lo confieso. Es más fácil mostrar el glande que mostrar el alma. -¡Que no, te dije.. espera un poco!- grito nervioso y mis acompañantes gritan como hienas.
-¿Quién anda ahí? -interroga desde su prisión doméstica
- Mejor no preguntes- contesto.
Penélope Cruz adivina el parpadeo de la luces que a lo lejos van marcando su retorno y mis ojos copian sus lágrimas, yo lloro con ella mientras canto lo que ella canta. Los hombres se emocionan conmigo, y corean el tango , ésta vez en tono flamenco, con sus voces borrachas.
La emoción me rebalsa como un tanque de agua, como una olla hirviendo, como oruga que rompe el capullo, como la saliva que uno se olvida en las orejas de un amante.
El parqué del living se rompe en pedazos para escupir cuatro hombres , vestidos de etiqueta que reptan para salir del pozo mientras cantan con voz de tenor que veinte de años no es nada.
¡Y febril la mirada te busca y te nombra! ¡Y esto si que no tiene nombre!. Me besan con sus bigotes perfumados, me acarician los rulos y me piden perdón por haberse comido mis confites aquella vez. Me dicen con ternura que me quedaba lindo el pijama y lo bueno que es estar de vuelta.
Pedrito ordena que la cámara enfoque a La Maura llorando mientras ve a su hija cantar aquella letra que con amor le enseñó cuando era pequeña. Y se esconde con miedo cuando cree que Raimunda la ha visto. El plano nuevamente lo protagoniza Penélope¡ la odio tanto! pero la cámara la ama, yo amo esa cámara que la idolatra, mis acompañantes aplauden rabiosos y los cinco nuevos hombres de traje que acaban de caer del techo opinan lo mismo. De hecho agudicé mi oído y el
Ángel desde la cocina grita "Te amo, Raimunda".
Y ya perdí la cuenta de cuantos somos sentados en este sillón, donde el vino corre como río vampírico, hay escombros por todos lados, el viento ruge por las ventanas rotas y el dueño de la casa grita cada vez más fuerte. - ¡Hay cuatro hombres de traje saliendo de mi heladera!. Abre la puerta de la cocina y una tonelada de cucharas de plata se precipitan en el piso como una lluvia grisácea. Llueve metal por cinco minutos.
Sale Él de la cocina completamente enajenado y despeinado pateando las cucharas, maldiciendo el cine, a mí, a la divina providencia y al boom del bing bang.
Junto al Ángel vienen los hombres de traje. Me dicen -¡Hola chiquitín ! entre abrazos y efusivos saludos con sus compañeros. Entre todos patean las cucharas de plata y de tanto ver cucharas dirijo mi mirada hacía los ojos de río puro.
- ¿Podés ponerle un tope a tu excitación? - le pido autoritario
-¿Podés dejar de emocionarte tanto?- replica
Le digo que no, por supuesto, que al fin y al cabo el llenó el cine de cucharas de plata porque se conmovió con ese amor surgido en el baño y con la opción a que conmigo recree aquello. Que ésto también soy yo.
Todos eran mis hijos, no de Arthur Miller, sino míos. Completamente Sin duda alguna.
El me sonríe y cesa el torrente de cucharas, se sienta a mi lado, a nuestro lado, al lado nuestro, conmigo, con ellos, con nosotros.
Y me vuelvo a emocionar, y los hombres de traje gritan ¡Sí,sí! con la cadencia propia de los que apuestan en las riñas de gallos y encima , entre pito y flauta y pito y pito, pasó ya una hora más de película. La Maura le pide perdón a su hija y nos enteramos de las atrocidades que una familia vive en un pueblo donde todo se silencia bajo el estruendo de un viento que enloquece a toda la población.
Y no me contengo, el Ángel me mira expectante y me digo a mi mismo que reprimirse no vale la pena, que todos tenemos particularidades y que ningún vínculo es fácil. No se si el amor todo lo puede, pero quizás salga algo interesante entre hombres de traje y cucharas brillantes.
Seis hombres de negro aparecen ante nuestros ojos como traídos de otro planeta, como si se teletrasportaran. Son míos y me dicen ellos también -Hola .que tal. El dueño de la casa les regala una cuchara a cada uno y ellos levantan el sillón con nosotros arriba, mientras los otros sirven más vino. El pedazo de cielo, de la alegría que tiene le nacen mas cucharas y todos hacemos cada vez más ruido, hasta que uno de ellos nos obliga a callar.
La Maura es una aparecida que quiere cuidar al personaje de Blanca Portillo. Volver es una película que podría parecer surrealista donde los muertos conviven con los vivos. Y una escena final, donde la estética habla mucho más que el guión que ya ha terminado, nos da una dualidad exuberante como regalo de despedida.
Y también la vida es un poco así ¿no es cierto? calla más de lo que dice, interpretamos simbólicamente mucho más que todo lo explícito que ella nos trae con el correr de los días.
Y el amor es un poco así también, la curiosa relación entre un hombre de traje y una cuchara.
La escena final me produce tanto goce que todos aplaudimos mientras una avalancha de hombres de traje se suma al festejo. Ya ni sé bien de dónde salen.
Sólo me dedico a abrazar muy fuerte al novio que el cine Gaumont trajo hacia a mí y que con un beso que se arrodilla en mi boca hace que una montaña de cucharas de plata nos sepulte a todos por completo.
Día Cinco: Primera carta
"Te escribo vida porque no sé como vivirte."
María Gabriela Ini - Ana M. 1945 -
Amado:
¿Sabe? Nacer fue mi primer pecado. Y jamás terminaré de expiarlo.
Nunca pude llegar a ser un bebé, tan sólo feto; y uno muy apresurado.
Intenté nacer a los cinco meses y medio. Y lo conseguí. Heólico me eyecté desde el viscoso vientre cortado y esa irrupción, esa grieta que le hice al tiempo fue, es y será para siempre castigada: yo que quise llegar temprano terminaría llegando tarde a todo y a todos.
Tarde para un padre cuya virilidad exhalaba su último suspiro. Un ego destruido jamás podría ayudar a conformar a otro. Por lo tanto, fui rechazado.
Tarde para una madre que automáticamente convirtió a su niño en un producto cognoscitivo que pudiera llegar a los terrenos intelectuales de los cuales ella había quedado fuera, convirtiendo la maternidad en una inversión bursátil. Por lo tanto, fui rechazado.
Tarde para unas hermanas ya adultas que, en la imposibilidad de poder mantener sus pechos adolescentes en buen recaudo por el hambre juvenil, veían en mí una pequeña prueba de su infancia apenas dejada atrás y a la cual repudiaban en pos de la mieles de la adultez. Por lo tanto, fui rechazado.
Cuando amé hombres fui viga y soporte. Modelándolos como educandos tomaron de mí los elíxires. Luego, al haberse vuelto mejores, volaban lejos. Fui a buscarlos pero mi tarea había terminado. Por lo tanto, fui rechazado.
También me convertí en el amor de su vida de aquel que ya está junto al amor de su vida. Por lo tanto, aún soy rechazado.
Tarde, siempre tarde.
Si el tiempo es una medida humana yo jamás he podido encontrar el centímetro y ciegos los relojes no me increpan con su existir.
A veces callo para no herir (me) y escribo para no morir.
Usted se preguntará de dónde extraigo todo este petróleo escrito, esta voz líquida, esta maquinaria discursiva si cuando me tiene enfrente sólo nota mi piel de sol y mis ojos de mar. Si me ve temblar en sus brazos ante el primer dedo erótico, si me escucha morderlo entre risas furtivas ¿Es que quizás ve algo más? ¿Qué soy yo para usted? Dígame, por favor, algo que tenga futuro.
Ya la vida comenzó a esparcir su nieve en algunos mechones de mi pelo. Debo advocarme a lo conciso: comenzar de una vez esta carta de amor.
Pero es que estoy buscando, oliendo el aire en busca del tono correcto, encontrar el hilo de la prosa y tomarlo con mis manos, escribir como quien teje.
Usted puede llegar a pensar que estos no son más que papeles impuros de memorias salvajes. Y está en todo su derecho. Pero le pido paciencia. Las confesiones lo merecen. Ni siquiera ocurren sin ella.
Al amor no le gustan las estabilidades básicas. Su sangre revolucionaria necesita destruir toda base preexistente, todo equilibrio conseguido, toda estabilidad adquirida. Sólo desde la destrucción se pueden instaurar construcciones amatorias.
Amado, si fueramos tierra virgen quizás nada de esto sería aplicable pero ya ve, usted tiene su fortaleza que lo atrapa y yo soy incapaz de habitar ya nada ¿Recuerda lo del rechazo? Bien, como me negué a volver a cruzarme con él la mayoría del tiempo me la paso escapando. Escapando para ya no ver la mirada estupefacta de cualquiera que, en su afán de poseerme, pretenda modificarme para así, serle más comprensible.
Usted no es como ellos. Pero la vida igual nos resume, nos aprisiona, nos corta, nos delimita y, quizás, aunque ahora grite mudo, nos separe.
Entonces, mi bien todo se resume básicamente a lo mismo con usted, sin usted, en los pretéritos y en los futuros: siempre he sido rozado superficialmente y nadie aceptó sumergirse en mí. Usted tampoco.
Mi lucha no es lograr el amor sino asesinar cobardías.
Tocarme a mí es acariciar la garganta de la Tierra y sé que en algún momento de este multidimensional trayecto que protagonizamos yo a usted lo habré perdido - si es que no lo hice ya- . Me llega el perfume acre de la distancia, escucho , contundente, el sonido de los brazos bajos y el de las puertas, chillando, cerrándose.
El cadáver de mi sensibilidad testimonia. Es por eso que aquí le escribo: para dar cuenta de lo que por usted siento; para hacerme cargo del Mundo.
Si es que no se ha ido, venga. Si es que ha decidido abandonarme, por favor, regrese. He de poder salir a la vida pero sin sus labios como puerto de llegada ninguna travesía cotidiana tiene sentido.
(Continuará...)
María Gabriela Ini - Ana M. 1945 -
Amado:
¿Sabe? Nacer fue mi primer pecado. Y jamás terminaré de expiarlo.
Nunca pude llegar a ser un bebé, tan sólo feto; y uno muy apresurado.
Intenté nacer a los cinco meses y medio. Y lo conseguí. Heólico me eyecté desde el viscoso vientre cortado y esa irrupción, esa grieta que le hice al tiempo fue, es y será para siempre castigada: yo que quise llegar temprano terminaría llegando tarde a todo y a todos.
Tarde para un padre cuya virilidad exhalaba su último suspiro. Un ego destruido jamás podría ayudar a conformar a otro. Por lo tanto, fui rechazado.
Tarde para una madre que automáticamente convirtió a su niño en un producto cognoscitivo que pudiera llegar a los terrenos intelectuales de los cuales ella había quedado fuera, convirtiendo la maternidad en una inversión bursátil. Por lo tanto, fui rechazado.
Tarde para unas hermanas ya adultas que, en la imposibilidad de poder mantener sus pechos adolescentes en buen recaudo por el hambre juvenil, veían en mí una pequeña prueba de su infancia apenas dejada atrás y a la cual repudiaban en pos de la mieles de la adultez. Por lo tanto, fui rechazado.
Cuando amé hombres fui viga y soporte. Modelándolos como educandos tomaron de mí los elíxires. Luego, al haberse vuelto mejores, volaban lejos. Fui a buscarlos pero mi tarea había terminado. Por lo tanto, fui rechazado.
También me convertí en el amor de su vida de aquel que ya está junto al amor de su vida. Por lo tanto, aún soy rechazado.
Tarde, siempre tarde.
Si el tiempo es una medida humana yo jamás he podido encontrar el centímetro y ciegos los relojes no me increpan con su existir.
A veces callo para no herir (me) y escribo para no morir.
Usted se preguntará de dónde extraigo todo este petróleo escrito, esta voz líquida, esta maquinaria discursiva si cuando me tiene enfrente sólo nota mi piel de sol y mis ojos de mar. Si me ve temblar en sus brazos ante el primer dedo erótico, si me escucha morderlo entre risas furtivas ¿Es que quizás ve algo más? ¿Qué soy yo para usted? Dígame, por favor, algo que tenga futuro.
Ya la vida comenzó a esparcir su nieve en algunos mechones de mi pelo. Debo advocarme a lo conciso: comenzar de una vez esta carta de amor.
Pero es que estoy buscando, oliendo el aire en busca del tono correcto, encontrar el hilo de la prosa y tomarlo con mis manos, escribir como quien teje.
Usted puede llegar a pensar que estos no son más que papeles impuros de memorias salvajes. Y está en todo su derecho. Pero le pido paciencia. Las confesiones lo merecen. Ni siquiera ocurren sin ella.
Al amor no le gustan las estabilidades básicas. Su sangre revolucionaria necesita destruir toda base preexistente, todo equilibrio conseguido, toda estabilidad adquirida. Sólo desde la destrucción se pueden instaurar construcciones amatorias.
Amado, si fueramos tierra virgen quizás nada de esto sería aplicable pero ya ve, usted tiene su fortaleza que lo atrapa y yo soy incapaz de habitar ya nada ¿Recuerda lo del rechazo? Bien, como me negué a volver a cruzarme con él la mayoría del tiempo me la paso escapando. Escapando para ya no ver la mirada estupefacta de cualquiera que, en su afán de poseerme, pretenda modificarme para así, serle más comprensible.
Usted no es como ellos. Pero la vida igual nos resume, nos aprisiona, nos corta, nos delimita y, quizás, aunque ahora grite mudo, nos separe.
Entonces, mi bien todo se resume básicamente a lo mismo con usted, sin usted, en los pretéritos y en los futuros: siempre he sido rozado superficialmente y nadie aceptó sumergirse en mí. Usted tampoco.
Mi lucha no es lograr el amor sino asesinar cobardías.
Tocarme a mí es acariciar la garganta de la Tierra y sé que en algún momento de este multidimensional trayecto que protagonizamos yo a usted lo habré perdido - si es que no lo hice ya- . Me llega el perfume acre de la distancia, escucho , contundente, el sonido de los brazos bajos y el de las puertas, chillando, cerrándose.
El cadáver de mi sensibilidad testimonia. Es por eso que aquí le escribo: para dar cuenta de lo que por usted siento; para hacerme cargo del Mundo.
Si es que no se ha ido, venga. Si es que ha decidido abandonarme, por favor, regrese. He de poder salir a la vida pero sin sus labios como puerto de llegada ninguna travesía cotidiana tiene sentido.
(Continuará...)
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